Editorial: El costo invisible de la ineficiencia

Junio 4 de 2026

Augusto Galán Sarmiento MD. MPA

Director del Centro de Pensamiento Así Vamos en Salud

Los debates sobre la sostenibilidad financiera de los sistemas de salud suelen concentrase en una pregunta: ¿cuánto dinero falta? Gobiernos, aseguradores, prestadores, pacientes y organismos internacionales discuten permanentemente sobre la insuficiencia de los recursos. Se habla de déficit, de nuevas fuentes de financiación, de impuestos, de presupuestos crecientes y de necesidades insatisfechas.

Sin embargo, con frecuencia se deja en un segundo plano una pregunta igualmente importante: ¿qué tan bien utilizamos los recursos que ya tenemos?

Dos trabajos recientes aportan elementos valiosos para responderla. El primero, publicado en JAMA por William Shrank y colaboradores, estima que entre el 25% y el 30% del gasto en salud de Estados Unidos se pierde en diferentes formas de desperdicio. El segundo, publicado en The Lancet Global Health por investigadores del Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME), analiza la eficiencia del gasto sanitario en 201 países entre 1995 y 2022 y concluye que, en promedio, el mundo podría ganar 3,3 años adicionales de vida saludable si los sistemas de salud operaran con la eficiencia observada en los mejores desempeños.

Los estudios parten de enfoques metodológicos distintos, pero convergen en una conclusión: una parte sustancial de los problemas de los sistemas de salud no se explica únicamente por la insuficiencia de recursos, sino también por la manera en que estos se utilizan.

La palabra desperdicio suele asociarse de inmediato con corrupción, fraude o apropiación indebida de recursos. Sin embargo, la literatura internacional la entiende de manera mucho más amplia. Incluye errores en la prestación de los servicios, fragmentación de la atención, hospitalizaciones evitables, pruebas diagnósticas innecesarias, tratamientos de bajo valor, precios excesivos de medicamentos y tecnologías, complejidad administrativa y, por supuesto, fraude y el abuso.

Quizá uno de los hallazgos más sorprendentes del estudio estadounidense es que las mayores fuentes de desperdicio no son necesariamente las que suelen ocupar los titulares de prensa. La complejidad administrativa y las fallas en la formación de precios representan una carga económica superior a la derivada de la atención de bajo valor o incluso del fraude. El problema mayor está en la organización del sistema para utilizarlos.

La investigación del IHME complementa. Al analizar la relación entre gasto sanitario y años de vida saludable, encuentra que prácticamente todos los países tienen margen para mejorar sus resultados sin necesidad de incrementar el gasto. Más aún, identifica factores asociados sistemáticamente con una mayor eficiencia: mejor gobernanza, mayor capacidad institucional, mejor infraestructura, mayor cobertura de servicios preventivos, mayor participación del gasto público dentro del financiamiento sanitario y, por supuesto, menor corrupción.

América Latina y el Caribe fue la región del mundo donde la eficiencia del gasto sanitario se deterioró más intensamente durante la pandemia. Los sistemas tuvieron que gastar más recursos para obtener peores resultados sanitarios. Aunque en 2022 se observó una recuperación importante, el episodio puso en evidencia las fragilidades estructurales acumuladas durante décadas.

¿Qué enseñanzas dejan estos hallazgos para Colombia?

La primera; la discusión sobre la sostenibilidad financiera del sistema de salud no puede limitarse a la insuficiencia de la UPC, a las deudas acumuladas o a las necesidades presupuestales. Son problemas reales y deben resolverse. Pero también es indispensable reconocer que existe un enorme espacio para mejorar la eficiencia.

La segunda; la eficiencia no puede reducirse a una política de recorte de gastos. Los sistemas más eficientes son aquellos que logran convertir mejor sus recursos en salud.

La tercera; la eficiencia depende tanto de las decisiones clínicas como de las institucionales. Reducir procedimientos de bajo valor, fortalecer la atención primaria, coordinar mejor la atención de pacientes crónicos, evitar hospitalizaciones innecesarias, mejorar los sistemas de información y simplificar procesos administrativos pueden generar beneficios tan importantes como la obtención de nuevos recursos.

La cuarta; la gobernanza importa. Los estudios internacionales muestran de manera consistente que los países con instituciones más sólidas, reglas más estables y menores niveles de corrupción obtienen mejores resultados con niveles similares de gasto. La calidad de la gestión no es un asunto secundario; es una variable central de la eficiencia sanitaria.

La quinta, quizá la más importante. El desperdicio no es un problema marginal. En muchos países representa una magnitud comparable a los déficits financieros que hoy generan preocupación. Por ello, cualquier estrategia seria de sostenibilidad debe incorporar explícitamente una agenda de reducción del desperdicio.

Y la sexta. Estos estudios señalan la importancia de realizar una adecuada gestión integral de los riesgos en salud. Sus evidencias nos constatan la relevancia que tiene la gestión de los riesgos operativos y técnicos, para hacer de los sistemas de salud más sostenibles, eficiente y efectivos.